Me desperté.

Siempre que leo/escucho sobre gente y sus intentos de suicidio, hablan sobre el antes. Hablan sobre el momento en que sintieron que no les quedaba nada más adentro y se pusieron una pistola en la boca, o se tragaron un montón de pastillas. Siempre me hizo sentir una rara eso, por que para mí el peor momento de todos fue despertarme.

Entiendo el vacío y desespero (desapego me gusta más, pero creo que para muchos es lo anterior) que te lleva a mirarte al espejo y querer tragarte un montón de vidrio. Honestamente los entiendo. Pero el peor momento de todos es cuando después de todo lo que pasó, después de todo sobre lo que no tenés control, después de todo lo que ya ni siquiera te lastima porque estás demasiado lejos… Te despertás.

La última vez que traté de matarme tenía 18. A lo largo de los años anteriores traté y recontra traté muchas más veces de las que alguna vez voy a estar dispuesta a admitir, pero creo que esa vez fue la única donde realmente era exactamente lo que quería. No era huír de los problemas, no era morirme porque ya no quería lidiar con el mundo. Realmente quería dejar de existir. Así que me tomé unas 40 pastillas que, hermosa ironía, me daban para estabilizarme el humor y calmarme, y me fuí a dormir.

Me desperté tres días después. Me desperté.

Y fueron tres días por que tardaron dos días en darse cuenta que estaba dormida. Por que seguro me había quedado toda la noche chateando. Seguro era una vaga de mierda que no quería levantarse.

La puta madre, me desperté.

Pero no me tenía que despertar, y lo hice igual.

Me acuerdo vagamente de que estaba pasando. Me acuerdo de tener un montón de tubos en los brazos, me acuerdo de mi mamá jugando la carta de madre preocupada y dolida, diciéndole al médico que yo le había dicho que quería que ella se quedara conmigo durante el “proceso”. Yo me desperté y escuché a la mujer que hizo que me quisiera matar a lo largo de toda mi vida, hablando de que yo la preocupaba. Le preocupaba no tener a quién culpar cuando cayera Roma. Me acuerdo de ver a mi papá que no tenía expresión en la cara, creo que fue la primera vez que me dí cuenta que me quería. Me acuerdo de la doctora que me preguntó como me sentía, como si hubiera algo que decir, y lo único que le pude decir fue “me desperté”. Y ella sonrió y me dijo que estaba todo bien. Pero ella no entendía, que yo me había despertado y eso jamás debería haber pasado. Eso no era lo que yo quería.

Cuando vivís tu vida de forma ajena a tu control, cuando no podés elegir que querés hacer para vos, cuando no podés elegir que te gusta, cuando no podés elegir como expresarte, como sentirte, cuando no podés elegir quién te gusta y con quién querés estar, cuando no podés elegir que ponerte, que decir, cuando no te preguntan si querés coger o no, sencillamente lo tenés que hacer. Cuando tenés 5 años y no entendés que es coger, pero tenés las piernas llenas de sangre y todo te duele, pero tu mamá está muy ocupada mirando tele y fumando con las amigas para preguntarte si te caiste de la bici o qué. Cuando eso pasa una y otra y otra y otra vez. Y otra vez más. Cuando tenés 7 y decís “no voy a seguir pasando por ésto” y llorás cada vez que vez Dragon Ball por que es lo que te ponen de fondo cuando te están rompiendo el útero, así que corrés y le partís de un sartenazo la cabeza a esa persona (“persona”). Y después te pasás 17 años con un adoquín en el estómago y la consciencia pensando que lo mataste y si eso te hace una buena o mala persona. Cuando escuchás gente que no existe y te llevan a un montón de médicos que dicen todos cosas distintas y nadie sabe que tenés pero te drogan igual. Cuando casi que no tenés amigos, porque sos rara y estás loca. Y sos gay. Y no sabés como tratar con otros, porque no hay mucha gente que quiera tratar con vos. Cuando en la escuela todos miran para otro lado. Cuando abortás por que entendés que si tenés un hijo probablemente lo mates mientras duerme, por que te hicieron creer que así de loca estás. Cuando salteaste comida mil veces para que tus hermanos puedan comer. Y también para ese examen de Ballet en el que igual te dijeron gorda mientras pesabas 45kg. Y vas y te tomás 40 pastillas de esas que te dan para estar “bien” para no volverte a despertar y te despertás igual.

Esa es la peor sensación del mundo.

Abrís los ojos, estás atada a una cama, hay gente que habla por vos, que toma decisiones por vos y seguís sin tener control siquiera de tu propia mortalidad. Eso tampoco lo podés elegir. Como no pudiste elegir nada en tu vida. Supongo que eso me hace una mala clase de suicida.

Después de eso te llevan a una clínica, tu mamá se encierra ahí con vos, diciendo como eso es re bueno porque ella te va a ayudar y estar ahí, pero lo que hace es fumar y chusmear con todas las otras internas y vos estás todo el día sola con Pluto, sin cordones de zapatillas, ni libros para leer. Y como siempre hiciste antes, vos hacés lo que te dicen que hagas, y le decís a la terapeuta lo que quiere escuchar, y a tu madre que estás mejor, así no te rompe las pelotas. Pero te despertaste y si te despertaste no hay nada más que puedas hacer.

No recuerdo jamás haberme sentido tan desolada, tan desesperanzada y tan llena de nada, como el momento en el que me di cuenta que no podía elegir nada para mi misma. Con el tiempo, supongo que crecí y aprendí a vivir con la idea de que claramente no puedo elegir si me quiero morir o no, así que sólo puedo tratar de seguir con el resto de las cosas. Creo que jamás había sido tan honesta en mi vida. Supongo que eso significa algo.

Pero la verdad es que a pesar de todo lo que me pasó, lo único que jamás voy a poder superar, entender o procesar, es haberme despertado ese día.

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Que no.

Que no quiero que me llames un taxi,
Puedo caminar,
Son un par de cuadras.

Que no quiero que me acompañes
Es la parada del bondi nomas.

Que no quiero mandarte un mensajito cuando llegue.

Que no.

Que no.

Que no quiero ese trago de tu parte.
Que no me pagues el taxi.

Que no quiero no poder mirar para atrás.
Que no quiero la respiración acelerada.
Que no quiero el sudor en la espalda.
Que no quiero apretar el puño en las llaves adentro del bolsillo.
Que no quiero ir tratando de recordar,
Las clases de defensa personal.

Que no quiero comprar gas pimienta o una manopla.

Que no.

Que NO.

Que no quiero ir a tu casa.
Que te dije que no.

Que te dije que no me toques.
Que te dije que me sueltes.
Que no.

Que te dije que me dejes en paz.
Que por favor me dejes en paz.
Que tengo miedo.
Que pares.
Que por favor…
Que por favor pares.

Que…
Qu…e.

Que no quiero ser una estadística.
Dije que no.

El sexo, yo y mi otro yo.

No hay manera de pensar en mí como alguien a quien no le gusta el sexo. Es hasta difícil mantener una conversación conmigo sin que mencione tetas o pija, o whatever that may come along. Lo disfruto, lo predico, lo busco, lo tengo, lo guardo, lo clasifico, lo mido, lo analizo, lo amo. Me educo y reeduco, me interiorizo en nuevas formas y aprendo sobre otras tantas nuevas, no te digo a diario, pero realmente es algo que consumo todo el tiempo. Diría que todos los días pienso en sexo, mínimo dos veces.

Soy una pajera. Así nomás.

Incluso, soy esa clase de mujeres (no tan especiales) que tienen fama de trolas, o de putas, o de liberales, o simplemente de mina que la gente se suele querer coger. No es que sea en particular más linda que otras, sino que tengo un sex appeal particular. Yo lo sé, mis amigos lo saben, la gente en los bares lo sabe, mis padres lo saben. Siempre funcionó así para mí, me acuerdo de entrar al secundario y que los tipos de 25 para arriba me miraran “raro”. Mis compañeros no, ellos buscaban hembras de su especie y clase, pero los “hombres” no. Yo tenía el no sé qué, yo era sexy, sin tratar. Me tomo mucho tiempo entender eso, no solo que era lo que pasaba, sino que era algo útil y que no estaba mal. Me tomo años. Creo que todavía me siento culpable o rara o mal o incomoda con eso a veces. Pero hoy vamos a explorar otros temas, hoy quiero hablar de sexo.

Como se imaginarán, no fue difícil encontrar gente con la que efectivamente acostarme. Hombres y mujeres han perfilado una serie de líneas de levante que puedo enumerar y responder de formas ingeniosas e irónicas, para pasar a lo que realmente estamos todos buscando, y se me hace muy divertido ese juego, el histeriqueo previo. Me gusta la batalla de poder por sobre quien tiene más huevos, sobre quien es más ocurrente, quien deslumbra más al otro; porque por sobre todas las cosas me gusta ganar siempre. Y ser mejor que otro siempre es un placer, en especial cuando el premio es un orgasmo.

Ahora, a pesar de todo, a pesar de las risas, los orgasmos, las noches en vela, el éxtasis y todo; nunca me siento tan sola como cuando cojo. Nunca me siento tan vacía, tan descartable y tan desamparada como cuando tengo sexo.

Tuve novios y novias que me han querido mucho, que yo amé profundamente. Pero no. Me siento lejos. Me siento no querida. Me siento tonta, usable, me angustia. Y de verdad, créanme cuando les digo que me gusta el sexo, muchísimo. Soy re kinky y fetichista y miro cada culo que me pasa cerca, de verdad. Pero una vez que lo hago, no puedo sentir amor del otro lado. Siento la calentura, siento las ganas de matarme a mordiscones, a cagarme a trompadas, las ganas de hacerme gritar, eso lo veo todo, todo el tiempo. Siento que me cogen como uno coge con alguien a quien no planea volver a ver.

Quizás, es que debajo de todo mi cinismo y dureza, la niña que llora con Mujer Bonita, vio demasiadas comedias románticas, quizás solo quizás, los años de terapia no hicieron tanta magia, quizás las huellas del abuso no me dejan en paz aún. Quizás, quizás, quizás.

Pero el punto es que, me siento sexy, me siento segura, me siento deseable, pero me siento unloveable. Incluso si al otro día me hacen el desayuno, si al otro día me despiertan con un beso en la frente, si bailan un tango conmigo en la explanada del Obelisco, no sé qué es, pero sé que a mí no me pasa. Las escucho a mis amigas, leo los libros, miro las películas, y después tengo mi vida. Y veo como los ojos del otro se cargan de lujuria, de lascivia. Se llenan de sangre que muta como luna en el agua, y el reflejo corporal que se moja y crece, siento vibrar mi cuerpo con el tacto con la otra piel, siento como me sube como una fiebre de abajo hacia arriba, de la cabeza al resto del cuerpo. Y siento también como la otra persona se desfigura, siento al otro transformarse, dejarse ser y volverse un montón de espasmos que ordenan y comandan, y que yo sigo diligentemente como un soldado a su capitán. Quizás es el miedo a decir que no. Quizás, ni siquiera es miedo ya, es resignación, la de haber aprendido que si decís que no da lo mismo, quizás es que siento que no tengo derecho a decir que no. Quizás en realidad es un delirio mío y si son un amor. Quizás es que entiendo que es parte elemental de las relaciones humanas, y si no me cogen así que es como les sale cogerme, no tengo oportunidad de que me quieran en el proceso. O de que aprendan a quererme. O a mí de dejarme querer. Quizás es la amargura y la decepción que me hace sentir así de descartable. La parte graciosa e increíble es que, no la paso mal en lo absoluto, de verdad me gusta coger. Pero no sé, espero alguna vez sentir algo más que éxtasis. Soy como un adicto a algo que no conoció nunca, no sé. Se supone que eso que estoy esperando es lo que te pasa cuando la pasas bien de verdad. Yo de mientras sigo probando. Creo que no pierdo nada. Creo.

I am a overblown paragraph
with way too many adjectives.

Counted the syllables in her laughter,
and waited for each break
to close the verses.

I might be a writer,
but she is a poem
with words in languages
that I did not yet learned.

It is a story that i’ve always
wanted to tell, and yet,
she vomits on metaphors
beyond my comprehension.

Each movement of the hand,
each hair dropped over the chin,
intoxicates me.

My hands smells like an old book,
a poem poorly resolved,
a bad idea.

Because she’s the kind of woman
you have to drink slowly and she knows it

‘cause she’s been hunting me all night
across my thoughts.

Teléfono.

Suena “Beat it”,

irónico.

Nadie me llama por teléfono. La gente habla por whatsapp, por messenger, por hangouts… Pero ya no llaman. A mi me gusta eso, del “Che, boludo, cómo estás?”. Dejar de multitaskear tanto, y sentarte a mirar el techo mientras gesticulás al aire, por que estás hablando por teléfono.

Pero nada, la cuestión, es que a mi no me llama nadie. Excepto hoy, que me llamó mi papá. No hablo nunca de mi papá, es verdad. Desde que me fui de casa hablé dos veces nada más, ésta es la segunda.

Suena “Beat it”,

irónico.

Miré el teléfono desentendida, igual lo atendí bien obvio. Hablamos como seres civilizados de cosas triviales, como gatos y guiones. Pero todo el tiempo, con una lágrima en la cumbre del ojo, esperando a hacerse tan pero tan gorda, que el propio peso de la gravedad la arrastre para abajo, en lugar de sus compatriotas, que se suicidan solas, una a una por encima de mi vía láctea de pecas.

La verdad no te la voy a decir. No te voy a decir que a pesar de todo lo que pasa y pasó, yo sigo esperando que mi papá venga un día y me abrace y me diga que me ama y que está orgulloso de mí. Y que nos pidamos perdón.

No.

Por que suena “Beat it”,

irónicamente.

No. Vamos a hablar bien, y el domingo voy a amasar fideos, quizás. Pero no te voy a decir que te extraño muchísimo. No es una cuestión de orgullo, sino, que no hay que andar diciendo cosas obvias. Vos sabés que te extraño, y lo sabés por que me vés la cara todos los días cuando te desviás del camino de la vuelta a casa para pasar por la puerta de mi trabajo.

Y como siempre, para bien o para mal en la historia, el silencio nos sirve como un cómplice. Y aunque vos no entiendas nada de lo que digo, y yo no entiendo de qué hablás vos; aunque no sepamos ser padre e hija. Seguimos escribiendo historias.

Ya no suena “Beat it”,
menos mal.

Hace 4 meses que no lo veía .

Hacía cuatro meses que no lo veía. Me había pasado toda esa mañana pensando en que hacía mucho que no pensaba en eso, cuatro meses que no le hablaba, que no pensaba en su sonrisa torcida… Una siempre se entera cosas, no porque lo stalkee (¡Noo! ¿No?) , pero, por acá o por allá, siempre se sabe. Como si los demás no supieran que no hay que hablarte de tu ex. Es gracioso, cómo funciona la carpa de los otros… El sentido común es como el buen gusto o el sentido del humor, todos creen que lo tienen, pero, no. Y cuando estás en una reunión, empiezan a hablar y vos ves como se golpean con los codos y te miran con cara de pollo, como si fueses pelotuda, ¿viste? Odio que hagan eso, si querés nombrarlo está todo bien, ya estoy grande. Me ato los cordones solita y todo.
Pero lo malo no es eso, lo malo es cuando vos estás muy pancha un día, cuando decidiste romper la dieta y clavarte un Triple-Bacon con combo agrandado y estás sin maquillar; él está ahí parado, enfrente tuyo, con su camisa reluciente, y recién afeitado. Justo cuando te resignaste a no volverlo a ver. Cuando aprendiste que estaba bien estar sola. Él va, y te dá vuelta el mundo, como siempre.
Va, y se sienta enfrente tuyo, sin preguntar, como es propio de él, y…
-Hace rato que tenía ganas de encontrarte.
-Byotambegdien.
Se ríe, y me desarma. Como antes. Me miró con esos ojos de sapo degollado por una turba iracunda de hormigas, esos que pasé horas mirando, tratando de discernir un pensamiento, una mirada, un algo… Meses enteros mirando esos ojos de sapo, y jamás habían sido tan hermosos como en este momento.
-¡Claro! ¿Cómo estás? Tragá primero. – Dijo, mientras reía torcido, con sus dientes chuecos…
Y yo le dije que estaba bien, y aunque por mi cabeza pasaron tantas cosas que me resultaban imposibles de callar, preferí escucharlo, extrañaba escucharlo. Su voz, su tono, su forma de modular. Cómo sus labios se movían mientras gesticulaba, como se reía mientras decía algo que le gustaba mucho o cómo sus ojos brillaban cuando le contaba de libros. Extrañaba todo.
Y me contó de lo genial que le iba en todo. En que se fué de viaje, que escribió mucho, que toma tres litros de agua al día. Y lo escuché, y perdí la noción del tiempo. El lugar se empezó a llenar, y él se tenía que ir, pero quedamos en volvernos a ver, me pasó su WhatsApp y todo eso. Quedamos en tratar de arreglar
las cosas, y ver la mejor manera de estar así, más seguido. Estar, como dos. En 4 meses soñé mil veces con eso, ¿pero que me dijera él? Totalmente surrealista.
La euforia que sentí es sólo comparable con la de alguien que lleva años buscando un trébol de cuatro hojas y lo encuentra en un potus sin querer, o como la de quien se gana uno de esos concursos de facebook, como “Compartí esta imagen y ganá este rollo de cinta aisladora”, como cuando te encontrás en Parque Rivadavia con un Troll de pelo rosa lo suficientemente pequeño como para hacer un collar o un aro con eso.
Así de contenta estaba.
Tanto, tanto, que no me aguanté al otro día. Le mandé un Whatsapp esa misma noche y fue… raro. Cómo si no hubiésemos hablado esa tarde. Mientras me histeriqueaba un poco, “Géminis”, pensé y me hacía la boluda, mientras trataba de no parecer desesperada. Y hablamos mucho rato, pero, se sintió como un desconocido. Ya no leía poesía, ahora veía i·sat, ahora no le molestaban los hipsters, estaba todo bien con Star Trek y la fotografía de Amelie le daba lo mismo. Incluso escribía distinto, escribía como si nunca hubiésemos sido nada, como si nunca hubiese pasado nada entre nosotros, como desconocidos. Era tan típico de él, hacerse el desentendido cuando no quería tocar cierto tema. Sabía que era normal eso. Estaba negando todo, es más fácil pensarlo así. Como borrón y cuenta nueva.
Arreglamos para vernos el viernes a la noche, en ese bar nuevo de San Telmo, donde las luces son rosas y la música suena bajo. Me puse ese vestido gris, ese que tanto le gustaba a él en un entonces, ese que “es demasiado corto y me marca las piernas”.
-¿Qué te hiciste en el pelo? – Me dijo, inquisidoramente, con desaprobación incluso.
-Tenía que conseguir trabajo. Y lo corté un poco.
-Parecés una de esas ahora. Solías ser más divertida antes, usabas colores y te veías mejor.
Y así siguió la conversación, cada detalle en mí estaba mal y cada cosa que podía decir era estúpida o ridícula al menos. Él iba al baño muy seguido, le pregunté si tenía sistitis o estaba tomando reduce fat fast. No le encontró el chiste y se fué del bar, enojadísimo. Yo sólo le había hecho un chiste, igual que siempre… La gente venía y me hablaba, y yo sólo me quería ir a la mierda. No lo pensé ni dos segundos, y lo corrí con tacos de 10 cm. Cuadras enteras, y no… No estaba por ningún lado. Me senté en un banco de plaza y me lloví entera. Lloví como hace mucho tiempo que no me dejaba llover. Mi cuerpo entero, lloró por él, ¿sabés?
Y de la nada, después de un rato, él estaba ahí. Parado enfrente mío, pero era re loco, porque… no
estaba mojado, y tenía otra ropa. Pero me doy cuenta de eso ahora, en ese momento creo que no
lo noté, o no lo quise notar. O viste cómo funciona el inconsciente…
“Yo no soy quien parece que soy, naba. Mirá bien.”
Y yo lloré y lloví, y del cielo cayó agua también. Y no supe si lloré tanto o era la lluvia o ambas, pero
gotas y gotas caían casi interminables con una fuerza tremebunda. Le grité que se fuera. Y él fué, y
la plaza también. Y la lluvia. Y el vestido…

“Hacía cuatro meses que no lo veía”, le dijo a su terapeuta, desde el diván de terciopelo rojo.
“Cuatro meses hace que tendría que haber empezado a venir acá.”

Submissive .

I open a notepad almost everyday. And everyday, the same thing occurs to me:

I open the text board, and i came blank. Like every thought i had during daylight has completely gone. Like if it never existed.

So are my thoughts wasted into eternity? Are they ever able to came back? Cause everytime a sense or idea comes to me, it’s like brand new. It doesn’t matter if it’s the same grasp of depression starting to reach the surface.

To me, depression it’s like the sexiest human ever lived. It doesn’t matter if i don’t want to, i look at it. Or if i had something else to see, she aproaches me, in a seductive tone, begging me to kneel for it.

And I have always been submissive.

I don’t always flirt with depression, but she’s always trying to flirt with me.

Flash #163

Tengo 22 años. No quiero ser linda. Sonrío para la cámara. El maquillaje me hace transpirar. Acato órdenes de manera automática.

Dame angustia oral.

FLASH.

Dame amor absoluto.

FLASH.

“La cámara te ama, pero torcé un poquito más el torso como si no tuvieras costillas.” “Así, exacto”

Lloro. Sola. Rompo el espejo. Sangro, eso quiere decir que sigo viva. Respiro, me lavo la cara. Sonrío. Soy hermosa.

Dame sobreviviente al Holocausto.

FLASH.

Dame Vogue.

FLASH.

Flash es el hombre más rápido sobre la tierra. Pero desaparece, se desvanece si no creemos en él. Dibujo hombrecitos rojos por todo Central City.

“Yo creo.”

FLASH.

“Concentrate nena, estoy gastando rollo al pedo”

Dame sensualidad.

FLASH.

Dame sumisión.

FLASH.

Dame tu vida.

*Ruido estático*
Tengo 22 años. No quiero ser linda. Sonrío para la cámara. Flash, salvame.

Convención Social

– Soy así, no te conozco, no te debo nada, y por sobre todo, no me gusta hablar por que sí.

– no creo que seas asi con todo el mundo

– Y qué te hace pensar que te trato diferente a vos, de lo que puedo tratar a cualquier otro random que aparece en mi facebook a las 4 de la mañana?

– te choca que te haya agregado a esta hora? Soy diseñador, los diseñadores dormimos poco.
Mas alla de eso no me tenes que deber nada ni conocerme para tener la simple educacion de solo saludarme

– No me choca nada, estoy siendo honesta. Y realmente si te molesta que te diga “no me gusta small talkear”, hacé lo que mejor te parezca.

– lo mejor que me parezca de que? yo si te hablo es de buena onda no te persigas. Porque me aceptaste si pensas asi? Viste algo en mi face que no te gusto? nose que es small talkear
sos asi con todos los que te agregan?

– A ver, vamos por partes.
No me gusta la charla de ascensor, no me gusta hablar por hablar.
Si tenés algo para decirme, fantástico, y sino, también.
Si tenés buena onda o no, me es irrelevante, como te dije no te conozco, no mire tu perfil. No hago eso.
Yo acepto a todo el mundo, con la esperanza de que alguno no sea un embole.
Sí, soy así con todo el mundo.

– me parece bien todo eso
pero a cualquiera le chocaria que no saludes
por simple educacion sin ofender

– Me tienen sin cuidado las convenciones sociales.

– osea pifiar una tecla del teclado y recriminarme eso quedo como muy raro y de gataflora
ok segui sin educacion entoncs
asi te ira

– detesto la gente que cree llevarse el mundo por delante, soy una persona igual que vos en tu mismo nivel, ni inferior ni superior, eso sabelo

– Nadie te dijo lo contrario, eso es algo que asumiste vos solo.

Qué es lo tan importante en decirle “Hola” a alguien? Qué relevancia tiene en una conversación? Absolutamente nada.
Es una palabra vacía.
Como preguntarle “cómo estás?” a alguien que simplemente te chupa un huevo.
No querés saber la respuesta. Es cortesía gratis.
Yo simplemente soy honesta y consecuente.Y si, realmente, te molesta que no te diga “Hola”, podés dejar de hablarme en cualquier momento.

– filosoficamente hablando es cierto lo que decis junto a muchisimas cosas vacias pero que hacemos como humanos y nos diferencia de animales. Se llama cultura, y generalmente saludamos, si estas en desacuerdo cn la cultura podes vivir salvajemente nadie te prohibe, pero esta bueno que saluden, a vos te hubiese chocado si saltaba de la nada a hablarte de X cosa

– La cultura no tiene sólo que ver con eso, es una simplificación ridícula. Yo no estoy asesinando a nadie, ni violentando los derechos de nadie por no decir hola. Y estoy hablándote bien, así que claramente no soy ninguna salvaje. Y si, honestamente prefiero que la gente vaya al punto. Todas las veces, el circo ridículo de la convención social del “Hola, el perro bien? Tus cosas bien? Che… te quería pedir…” Me parece psicótico. Si tenés algo para decirme, lo decís, y punto. Y si no tenés nada para decir, no digas nada.
Es tan simple como eso.

– pero son casi todos psicoticos para vos. Porque la mayoria hace eso que decis
mas del 95%
:S

– Y evidentemente tampoco entendés metáforas.
Es lo suficientemente cíclica ésta conversación como para que siga teniendo sentido que la perpetuemos, así que, si vas a seguir dando vueltas, yo sigo con lo mío y listo.

– mañana te hablo
me re dormi che