Todavía no sé como relacionarme con la gente.

Yo no tuve computadora hasta pasados los quince. Podría verlo como un mérito, pero en mi caso fue simplemente cuestión de status social.

Alrededor de los trece años, motivada por mi pasión por la literatura y una pobre habilidad para, no sólo relacionarme con el resto, sino también para expresarme, empecé a escribir. Escribía horrible. Era en extremo sensibilero y poco concreto, creía que si hablaba de las miserias del mundo y todo lo lúgubre y todo lo sacro parecía una persona sensible y honesta. Cualquiera.

Pero más allá de mis tempranas y fallidas experiencias como comunicadora, escribir era inmensamente terapéutico. Me dio la chance de transferir la vasta cantidad de pelotudez e histérica adolescente que me hervía adentro, y también la habilidad de ser menos impulsiva, de pensar dos veces las cosas que hacía y decía. La chance de editarse en la vida real.

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As the clock ticked .

She wasn’t doing anything I could see
except lay there, holding together
the world of dreaming.

As the clock ticked, and the plot thickens,
I watched her chest movements
like the shore watches the sea.

Her neck holds
the map of worlds I‘ve never known,
and never will.

“What if I kiss her wildly? Madly?”
I remember thinking,
so I could wordlessly say so.

As the clock ticked, and the plot thickens,
I watched her chest movements
like the shore watches the sea.

And I choose silence instead of poems,
made with words
I can only aim to say so.